
"Siempre he dicho que la Declaración de Derechos Humanos está incompleta porque falta establecer el derecho a la belleza"
Texto: Claudio Di Girolamo.
Foto: Rafiq Maqbool para agencia AP
" Escribe las cosas que has visto, las que ahora están sucediendo y las que sucederán después, en el futuro." (libro de Apocalipsis)
Ni idea. Les confieso que por primera vez leo y escribo este nombre.
Es muy divertido, lo escribo en el Word y me corrige a Horma.
Insisto, es Orhan Pamuk.
La escritora Rosa Montero nos ilustra un poco acerca de este escritor que ha sido distinguido con el Premio Nóbel de Literatura esta semana. Pueden ver la columna aquí.
Y para conocerlo un poco les transcribo algo traducido al español.
“El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo que sentía en su interior el silencio de la nieve.
Alcanzó en el último momento el autobús que le llevaría de Erzurum a Kars. Había llegado a la estación de Erzurum procedente de Estambul después de un viaje tormentoso y nevado de dos días, y mientras recorría los sucios y fríos pasillos intentando enterarse de dónde salían los autobuses que podían llevarle a Kars alguien le dijo que había uno a punto de salir. El ayudante del conductor del viejo autobús marca Magirus le dijo «Tenemos prisa», porque no quería volver a abrir el maletero que acababa de cerrar. Así que tuvo que subir consigo el enorme bolsón cereza oscuro marca Bally que ahora reposaba entre sus piernas. El viajero, que se sentó junto a la ventanilla, llevaba un grueso abrigo color ceniza que había comprado cinco años atrás en un Kaufhof de Frankfurt. Digamos ya que este bonito abrigo de pelo suave habría de serle tanto motivo de vergüenza e inquietud como fuente de confianza en los días que pasaría en Kars.
Otras páginas:
"Enamorarse, Tomber amoureux. To fall in love. ¿Esto ocurre repentina
Hace algunos días escribí un monólogo para la Radio. De verdad el proyecto tiene una amplia gama creativa y me entusiasma mucho.
¿Qué querrán decirnos los diseñadores belgas An Vandevorst y Filip Arickx?
Caminando al atardecer desde la Radio a mi casa oigo a dos chicas silbar.
Es la primavera.
Las chicas piropean a un muchacho que pasa con y se ríen. El las saluda desde lejos alzando la mano.
Los aromos lanzan olores penetrantes, la calle es una explosión de colores y perfumes.
El aire tibio invita a soñar.
Es la primavera que ha venido.
“Doña Primavera /de aliento fecundo,
se ríe de todas /las penas del mundo.”
(Gabriela Mistral)
Para nadie es un secreto que me gusta la moda. "Mi colección está inspirada en India y Japón, y es una celebración de la vida", dijo el joven creador indio.
Si quieren ver algo de él, aquí.
(La foto es de Alessia Pierdomenico- agencia Reuters)
Por primera vez en mi vida fui a ver la Parada Militar.Miles de personas circulaban en el Parque OHiggins como si fuera su casa, me sentía perdida entre tanta gente, demasiados olores a carne asada y polvo en suspensión.
De la Parada, nada. Ni siquiera tuve la oportunidad de acercarme. Miles de personas estaban delante de mí como una barrera compacta.
Cero posibilidad visible.
Me comí unos churros con mucha azúcar flor, deambulamos por el Parque, jugamos una Lota, por supuesto no gané nada -como saben soy nula para los juegos de azar-, y me reí mucho con los chinchineros.
Las competencias de volantines le daban al aire un colorido precioso e inocente. Hay personas que han hecho de los volantines un verdadero arte.
Ya tarde, a la caída del sol, regresamos a casa. En los rostros había cansancio, pero también una serenidad particular.
¿Y el desfile?
Lo veré en las noticias de la noche, supongo.
Foto: Viviana Morales para El Mercurio.
Chile, un país pequeño, largo y alejado de los grandes centros mundiales, celebra hoy sus 196 años -podríamos decirlo así-, de libertad.
En estos días los volantines nos hacen olvidar las tristezas y nos invitan a la fiesta que se huele en el aire."-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra." (Antoine de Saint-Exupéry)
No sé si solo los hombres saben que morirán. Una vez se murió un perro delante de mis ojos y su expresión era (como dice mi amigo ecazes) de desolación. Tal vez no sabía lo que era la muerte -¿quién lo sabe?-, pero esa mirada era una despedida, definitivamente. Los agnósticos adjudican a esa especie de angustia que a veces nos asalta a la conciencia religiosa y a la promesa de una vida eterna. “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”, gritaba el Apóstol Pablo.
“Para todos tiene la muerte una mirada”, escribe Pavese.
“Y la muerte no tendrá señorío…” sueña Dylan
Se nos enseña cómo vivir.
Poco a morir.
Alguna vez escribí:“Cómo vives y cómo mueres hace la diferencia entre la nobleza y la vulgaridad; entre lo inmortal y lo perecedero” (si deseas leerlo aquí va).
Entre las muchas alegrías, las huellas de sangre en mi vereda me entristecen.

Mi infancia estuvo llena de música y palabras que apenas recuerdo a través de un aparato bastante anticuado, nada que ver con los modernos equipos –debería decir equipazos- que se pueden adquirir hoy a no tan alto costo.
Recuerdo cuando oí por primera vez a Germán Gamonal, un tipo fuera de serie.
Y a Bonvallet, “casi se me cae el pelo”, era algo inaudito pero fascinante, con una mezcla rara, entre vergüenza y curiosidad.
Luego me hice adicta.
Recuerdo a De la Parra en la Duna con Puro Cuento. Inolvidable.
Y la clásica Terapia Chilensis.
O la gran variedad de música cristiana de Armonía, una de las primeras emisoras evangélicas.
Jamás imaginé que estaría detrás de un micrófono. Es una experiencia increíble, mucho, mucho más interesante que ser aficionada a escucharla.
No era habitual que mamá me invitara a una fiesta. Nuestro mundo giraba en torno a la iglesia, el colegio y el trabajo. Pero ese año, celebrando las Fiestas Patrias, fuimos a un lugar público donde se realizaba la festividad, cerca de nuestra casa. Todo un hito en nuestras costumbres. Sentadas en un lugar poco visible, mamá pidió algunas exquisiteces, empanadas, pajaritos dulces, un trozo de carne asada con papas fritas y un gran vaso de bebida.
De pronto se acercó a nuestra mesa un muchacho que, con toda gentileza, me invitó a bailar una cueca. Yo ni siquiera me había planteado la posibilidad de que eso ocurriera, le pedí disculpas, abochornada. No sabía qué era una “media luna” o una "vuelta en ocho", o sea, nada del tema. El no insistió y me sentí un poco apenada cuando se alejó entre las mesas buscando otra pareja.
En el día de mi cumpleaños Nº 18, mamá por primera vez me regaló música. No era costumbre en nuestra casa, por lo general silenciosa y solitaria, se escucharan canciones, mucho menos cuecas. Ella trabajaba todos los días, yo al colegio y mi tío en algún lugar por ahí, siempre de entrada y salida; lo normal era oír algún programa de radio o algunos himnos tradicionales.
Recuerdo el momento cuando mi madre alargó su mano con un paquete primorosamente envuelto. Era un compilado de cuecas. “Para que nunca más pases vergüenza”, me dijo. Y, aunque en nuestro mundo evangélico no se bailaba por considerarlo demasiado "mundano", ella superó esa norma. Me costó bastante tiempo aprender a mover los pies y vencer mis prejuicios, y creo que ese ha sido -con todo lo que significa- uno de los mejores regalos de cumpleaños que he recibido.
"renuncio al peso muerto de mi terco pasado" Invariablemente te encuentras con los balances de final de año. Cada medio hace ...