
Cuando alguno de los chicos que habitábamos la gran casa (hijos, nietos, primos) aprendía a leer en su primer año escolar, tenía el derecho de sentarse en la silla especial, más alta que el resto y leer con voz tímida o fuerte a toda la familia reunida, un trozo de Artes y Letras.
Luego de una lectura nerviosa y entre cortada, los aplausos y los “muy bien” premiaban el esfuerzo. Desde el primer día de escuela, todos soñamos con esa silla y el momento que seríamos aprobados y adquiriríamos la categoría de “grandes”. Podríamos leer “sin monitos”.
Luego la nana servía para el lector o lectora de turno un trozo enorme de torta y un gran vaso de bebida.
Desde ese tiempo conservo la costumbre de leer en voz alta. Los sonidos danzan en mi oído y en ocasiones es tanta la impresión que alguna lágrima furtiva acompaña la lectura.
Quizás ese sea uno de los tantos homenajes que un escritor o escritora reciba, aunque sea bastante anónimo.
(La ilustración es de: tipika.blogspot.com)