
Un marido al que no se le movía un pelo, un perfecto gentleman; una casita rodeada de un florido jardín y en las ventanas las primorosas cortinas de frivoliteé o algún encaje más barato, con tules y vuelos al por mayor, elaborados con esmero por la dueña de casa.
Y el jardín.
La pequeña dama dejaba su piel, los dedos y las uñas plantando rosas, jazmines, menta, paico, abutilones, flores del paraíso…ad eternum.
Dice un adagio popular “nadie sabe para quien trabaja”. Alguien plantó para mí, gastó su vida en esta belleza de jardín que disfruto en las tardes de verano cuando, sentada debajo de una parra, bebo mi jugo de frutilla.
También yo contribuyo a esta obra; un jardín siempre es una obra inconclusa, invariablemente hay que limpiar, desmalezar, renovar. A poco que me estoy pareciendo a ese popular protagonista de la película El Jardinero (o Desde el Jardín), donde el genial Peter Sellers se luce (él se destacaba en todo) y de paso nos deleita con su sabiduría de hortelano.
Sip. Nunca hay que reirse de lo que no se conoce (confieso mi falta y la reparo).
Cultivo rosas, este año aprendí a podarlas (reconozco que me atreví por el consejo de un amigo al que desde aquí le doy las gracias) y florecieron bastante generosas, espero que el año próximo me resulte mejor.
He aprendido a gozar de este espacio sagrado evitando el tráfico de Santiago, el bullicio, las palabras descomedidas o el comentario malicioso. El jardín se llena de perfumes, belleza, prodigalidad…sin pedirme nada más que un poco de agua.